Para ser religioso

Ingresado Por bartolome.buigues

Cristo sigue llamando -también hoy- a los que Él ha elegido para que, llenos de su Espíritu, continúen en nuestra Congregación su misión redentora. La formación para la vida religiosa se inspira en el ejemplo de Jesús que invita a los discípulos a seguirle,  convive con ellos, los introduce en su intimidad, ora por ellos y con ellos, les instruye y corrige y les ejercita progresivamente en la misión que les ha de confiar.

 Nuestra comunidad ofrece al joven religioso un ambiente favorable para encontrarse con Dios en Cristo y un estilo de vida caracterizado por la alegría y la fraternidad; la negación de sí mismo; el seguimiento de Cristo con la cruz de cada día; el amor a Nuestra Madre de los Dolores y al Padre Fundador; el trabajo por el Reino de Dios en la regeneración de la juventud. Sólo en el don de sí a los demás, continuo y progresivo, podrá llegar el religioso a la necesaria madurez de persona consagrada al Señor.

Cada candidato es responsable de su propia formación con la ayuda de su comunidad, bajo la guía de los correspondientes formadores, y según el plan establecido de formación y de estudios. Todos somos responsables del crecimiento de la Congregación y nos comprometemos en la tarea de promoción y cultivo de las vocaciones; oramos al dueño de la mies, despertamos el interés de los jóvenes por nuestra misión y, sobre todo, procuramos que nuestra vida de fe, el amor fraterno que nos une y la generosidad de nuestra entrega sean el principal atractivo para quienes se sienten llamados a compartirla.

 La formación inicial del terciario capuchino se realiza progresiva y gradualmente a través de las diversas etapas: aspirantado, postulantado, noviciado, juniorado, formación permanente.

 El aspirantado es la etapa en la cual el candidato que ha tomado conciencia del llamamiento divino puede descubrir con suficiente claridad el propio camino dentro del carisma y misión de nuestra Congregación y seguirlo. Proporciona un acompañamiento individual y de grupo, favorece el discernimiento personal y ofrece condiciones favorables para un normal completo crecimiento humano, cristiano y amigoniano.

 El postulantado es el período de preparación al noviciado. En este tiempo el postulante, mientras perfecciona su preparación humana y cristiana, experimenta nuestro modo de vivir de manera que pueda tomar con libertad y responsabilidad una decisión acerca de la llamada del Señor.

 El noviciado es la iniciación en la vida de la Congregación bajo la dirección del maestro y la colaboración de la comunidad. La participación en la liturgia; la oración personal alimentada por el estudio y la meditación de la Palabra de Dios; el estudio de los fundamentos de la vida religiosa y de la espiritualidad amigoniana,    con la Regla, Constituciones y Directorio; la práctica de los consejos evangélicos que ha de profesar después; la experiencia de vida comunitaria; alguna actividad apostólica; el trabajo manual; el ambiente de reflexión y recogimiento ayudarán al novicio a descubrir la llamada de Dios y sus exigencias, a realizar progresivamente en su vida la integración coherente y armoniosa de unión con Dios y apostolado propia de nuestra vocación,  y a tomar, a la luz de la fe, la decisión más conforme con la voluntad de Dios.

Cumplido el tiempo del noviciado el novicio, si es admitido, hace su primera profesión por un año. La profesión temporal se renueva de año en año hasta la profesión perpetua que suele realizarse a los seis años después de la primera profesión.

 El juniorado es el período inmediatamente posterior al noviciado durante el cual los jóvenes profesos, bajo la orientación inmediata del prefecto y de acuerdo con el plan de formación y de estudios cimentan sólidamente su vida religiosa, se preparan para la profesión perpetua y adquieren la competencia requerida para el desempeño de nuestra misión. Quienes son llamados al sacerdocio reciben, de acuerdo con el plan de estudios, una formación específica para el ejercicio del ministerio sacerdotal dentro de la Congregación. Esta vocación particular es una gracia de Dios que enriquece a la comunidad y que ésta fomenta y cultiva con esmero.

 El religioso Amigoniano, terminada su formación inicial y hecha la profesión perpetua, continúa su formación por toda la vida. La formación permanente es un proceso global y continuo de conversión y de renovación que se extiende a todos los aspectos de la persona del religioso y al conjunto mismo de la comunidad. Como tal, exige un compromiso personal y comunitario. El dedicarse a la propia formación es un deber personal de cada religioso. Un deber y también un derecho ya que la formación permanente es la realización continua de nuestra vocación. Por eso, nadie se puede sentirse excluido y todos los religiosos somos destinatarios de esta formación.

 La fidelidad a nuestra vocación y el ejercicio del apostolado requieren  constante perfeccionamiento espiritual, doctrinal y técnico.  El bien y prosperidad de la Congregación depende sobre todo de la formación de sus miembros. Por eso el servicio de los formadores es sumamente importante, ya que a ellos se le confía especialmente la tarea de formar con la doctrina y con el ejemplo de su vida el corazón y el espíritu de los jóvenes según el espíritu propio de la misma Congregación.